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EJERCICIOS DEL 58 Y OTRAS ESTAMPAS DEL LABORAL

 Ejercicios del 58 y otras estampas del Laboral, de Miguel Ruiz Martínez

El texto que sigue corresponde a las páginas 49 y 50 del libro:

"perfecta y majestuosamente ante el altar mayor, y se fue hacia la puerta por la que se entraba a la sacristía, por donde se comunicaban iglesia y convento, 

        mientras que vosotros, estudiantes del Instituto de Bachillerato Laboral Local Provisional modalidad agrícola ganadera, tras haber hecho vuestra emocionada, casi eterna, recóndita y silenciosa meditación, ibais sentándoos, mientras vuestras mortificadas rodillas se desentumecían y las castigadas rótulas volvían poco a poco a su sitio, la campana de la torre de las Santas Justa y Rufina sonó varias veces, sonando horas que habían mandado en el tiempo de Olivera desde los tiempos de la reconquista, controlando el tiempo de sus habitantes, 

        campanadas que ya despertaban, hacía siglos, al niño Loazes, que nació por allí, junto al arranque de la actual calle Meca donde el bar Casablanca, a Fernandico, el oriolano que llegó a tan altos escalones de la jerarquía eclesiástica y que tanta influencia política y religiosa tuvo en su tiempo, que fue Arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquia, gran inquisidor, y síndico en las Cortes de Monzón, que tantos logros de todo tipo -una mitra y una universidad entre ellos- consiguió para su patria chica, Loazes que tuvo el honor de que un extraordinario pintor oliveriano, Guillermo Bellod, lo dejara retratado de cuerpo entero -presentando los planos de Santo Domingo- en un enorme lienzo que cuelga ahora del testero del largo salón de lectura de la Biblioteca del Estado de la ciudad de tus amores, ninguno de vosotros pensaba en qué hora era, 

        ninguno de los que asistíais a aquellos ejercicios espirituales queríais dejar es capar la magnífica ocasión de reconciliaros con Dios, o si cabe, estar más unidos a Él, aunque a algunos, el pensamiento, que siempre es atrevido -y quiere ser libre-, os sacara de vez en cuando del oscuro y entornado templo, 

        una poderosa y misteriosa fuerza os obligaba a seguir meditando, de dónde vengo, a dónde voy, sin saber que las mismas preguntas -que tantas veces se hizo delante de las mujeres que salen en sus cuadros- habían llevado al maduro Gauguin a paraísos lejanos, imposibles y pecaminosos, al otro lado del mundo, por donde los antípodas, tan sólo sesenta años antes, 

        qué hago yo para ganarme el cielo, cómo salvarme, cómo atender al gran negocio de mi salvación, puedo salvarme yo solo, es la salvación algo individual o colectivo, profundas preguntas y angustiosas todas ellas que no tenían fácil respuesta, pese al enorme y profundo esfuerzo destinado a tal empresa, tú, vosotros, parte de la iglesia militante, caballero, caballeros de Cristo, cruzados de la fe, 

        a tu mente se asomaban las viñetas de Mgago, genial mago de los tebeos de caballerías del tiempo en que os tocaba vivir, en que dibujó las historias dedicadas al musculoso Guerrero del Antifaz, tan católico, gran cruz en el pecho, muera el infiel, cruz de cruzado grabada a fuego en las circunvoluciones cerebrales encorsetadas por el casco de acero, frente a los musulmanes tan invasores, el hijo raptado y desconocido durante un tiempo del famoso y ejemplar conde de la Roca, soldado caballero de Dios y de Castilla, personaje que parece inspirado en los renglones de una novela de don Rafael Pérez y Pérez, el maestro de Redován, autor de tantas novelas rosa, entre las cuales Los Caballeros de Loyola, y La gloria de amar, obras de encargo con las que quería contar las excelencias pedagógicas y de todo orden de los jesuitas de Santo Domingo, frente a las licencias de las novelas olezas de Miró, aquellas que escandalizaron a una parte mollar de la sociedad de Olivera, qué escandalera se montó al verse reflejada esa mentalidad en el espejo de Oleza, la ciudad que se dormía sobre sí misma, 

             brillaban tímidas las lámparas en la oscura y densa penumbra, se alzaban muy altos los pilares y las paredes de la iglesia, enlazando las lumínicas candelas con el cielo a través de las coloreadas y santas vidrieras, no se movían los soñados ángeles de las bóvedas que sí volaban por los cielos del templo de tu niñez, donde tremolaban sus vagarosos, femeninos y tenues vestidos azules y rosa, que estiraban, con los índices y los pulgares, insistentemente, para que no se les vieran sus santas carnes de más"




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