ORIHUELA. ESPIRITUALES. ESTAMPAS
ESTAMPAS DE UN LIBRO: ESPIRITUALES Y OTRAS ESTAMPAS DEL LABORAL
¿POR QUÉ LLAMO ESTAMPAS A LOS CAPÍTULOS DE ESPIRITUALES DEL 58? Por varias razones. Tres por lo menos:
Orihuela, que algunos llaman Oleza, fue, en el pasado inmediato, una ciudad levítica, en la que la religión tuvo un peso extraordinario. Yo recuerdo las estampas de los santos y las santas, de Cristo y de la Virgen, como premio a nuestros saberes catecismales en las sesiones de doctrina cristiana que recibíamos los del Palmeral en la ermita de San Antón, en la del Sagrado Corazón del Escorratel, y en algunas aulas del Colegio de los Niños de Santo Domingo. También estampas en la capilla de María Auxiliadora del Oratorio Festivo y como premio por asistir a la misa dominical de la Merced. Tengo una colección de estampas de aquellos tiempos, que se amplió con ocasión de la Primera Comunión propia y la de los demás. Recordemos que las estampas que celebraban la primera comunión, bellamente estampadas, bonitos colores, recibían también el nombre de recordatorios. Pues eso, los capítulos de este libro son, intentan ser, a la vez, estampas y recordatorios de aquellos tiempos.
Segunda
La denominación de estampas para los apartados del libro responde también al deseo de reflejar otra definición de estampa o estampica. Permitidme una anécdota sobre nuestra Biblioteca Estatal Fernando de Loazes
En aquellos tiempos del Laboral, esta biblioteca dedicada al gran Loazes, la primera de su género, que nació en 1863 con los fondos de la Universidad de Orihuela, sita por entonces en el palacio de Teodomiro, era para nosotros, tiernos adolescentes, el sitio para ir a leer vorazmente, a relacionarnos, a ponernos en la cabeza un morrión del siglo XVI; era el sitio para ir a ver a la Diablesa que yacía en franco contubernio con la muerte, con la poma en la mano. También acudíamos a consultar los tomos grecorromanos de la Historia del Arte de Pijoán, -apellido catalán que en aquellos tiempos pronunciábamos rudamente, con la jota castellana, y, además, silabeando: Pijo-án, Pijo-án, Pijo-án-, qué hermosos desnudos, duro mármol. ¡Quién no escribió una balada a la Afrodita de Doidalsas en aquellos tiempos!
Y a lo que iba, uno de los auxiliares de doña Inocenta, nuestra bibliotecaria, nos decía, moviendo la cabeza, cuando le pedíamos el Pijoán:
-¡Qué! ¿A ver estampicas de santos?

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